UCE, atrás de la Facultad de Arquitectura. Este sería el único espacio que hay en la Universidad Central.

La memoria natural de la Universidad Central del Ecuador se esconde en algo más pequeño y persistente: un silbido entre los árboles, una sombra negra cruzando el césped, un pájaro que aterriza donde – hace décadas – otros estudiantes también descansaron entre las horas de clases.

Salí a buscar esa memoria una tarde gris de Quito. Toda la semana paso lloviendo y yo aún no sabía cómo lograr mi objetivo. Era la primera tarde que me sentaba a observar. El cielo parecía una hoja mojada y el campus respiraba con esa lentitud de los lugares que han visto demasiadas generaciones pasar. Había una pregunta rondándome desde hacía semanas: ¿qué queda de la naturaleza original en este pedazo de ciudad convertido en universidad?

Al principio busqué árboles. Quería encontrar rastros del paisaje que existía antes de los edificios, antes de las avenidas, antes del concreto. Caminé entre arbustos ornamentales. Todos parecían extranjeros. Bonitos, sí. Útiles para dar sombra. Pero extranjeros. Los datos de la investigación realizada por Arteaga-Chávez (2017) confirman esa sensación extraña. La estructura florística del campus está compuesta principalmente por árboles ornamentales introducidos y apenas conserva algunos remanentes de vegetación nativa.

Entonces entendí algo.

Quizás la memoria natural de la Central ya no estaba en los árboles.

Quizás estaba en las aves.

El primer mirlo apareció como aparecen las cosas importantes: sin hacer ruido. Estaba sobre un tronco cortado, inmóvil, observando un grupo de estudiantes sentados en el césped. Parecía formar parte de la conversación. Como si hubiera escuchado las mismas historias durante años.

Su plumaje negro absorbía la poca luz de la tarde. El pico anaranjado brillaba como una pequeña llama en medio del verde, cuando lo perdía de vista, su pico me ayudaba a ubicarlo.

Los estudiantes hablaban de exámenes, de amores rotos, de proyectos pendientes. El mirlo escuchaba. O al menos eso parecía. Lo seguí durante varios minutos. Caminaba con seguridad pues conoce cada rincón verde de la ciudadela. Atravesaba senderos, esquivaba gente, desaparecía entre los árboles y reaparecía unos metros más allá.

Parecía que jugaba conmigo, incluso posó para algunas fotos. Yo no sabía que los mirlos saltaban o que los machos se diferencian de las hembras por un detalle en sus ojos.

Los mirlos no son un visitante.

Los mirlos son un habitante.

Arteaga-Chávez registró al mirlo grande (Turdus fuscater) como una de las especies más abundantes del campus y una de las aves mejor adaptadas a la vida urbana. De hecho, junto con la tórtola orejuda y el gorrión, forma parte de las especies sinantrópicas que han aprendido a convivir con el ruido, los automóviles y la presencia constante de personas.

Mientras lo observaba pensé que, probablemente, mi padre y los estudiantes de hace veinte años también vieron uno igual.

Y los de hace cuarenta.

Y los de hace sesenta.

El mismo cuerpo oscuro recorriendo los mismos jardines.

La misma mirada desconfiada.

La misma permanencia.

Quizás en sus tiempos su cantó era difícil de diferenciar, ahora claramente cabes cuando es un mirlo, un gorrión, un pájaro brujo, un picaflor o una paloma.

Otra tarde con la misma misión me quede en la Facultad de Comunicación Social. La Facso tiene algo distinto. Tal vez sea la pendiente. Tal vez los árboles. Tal vez la sensación de estar ligeramente apartada del resto del campus.

Ahí habitan los quilicos.

Primero escuché su cantó.

Después vi una silueta posada sobre la punta del edificio.

Quizás está ahí porque es el único lugar más algo

Tal vez desde ahí caza.

Luego vi otra silueta, en el alambrado.

Parecen una pareja.

Mientras los estudiantes entraban a clases, ellos vigilaban desde arriba, como centinelas antiguos. Sus cuerpos contra las nubes recordaban que todavía existe algo salvaje sobreviviendo en medio de la ciudad.

Los observé descender sobre las copas de los árboles y volver a elevarse con la misma facilidad con la que una idea abandona una conversación.

En ese momento olvidé que estaba en la facu, y me sentí libre, me sentí soñadora. Yo también quiero surcar los cielos para sentir el viento.

La ciudadela universitaria tiene islas verdes dentro de entornos urbanos cada vez más transformados, espacios capaces de refugiar especies que han perdido gran parte de sus hábitats originales.

Quizás por eso las aves permanecen. Porque encontraron en esas islas una última frontera.

Mientras avanzaba por los senderos comprendí que estaba buscando algo imposible. Quería encontrar el bosque. Pero el bosque ya no estaba. Había sido reemplazado por jardines, edificios, estacionamientos y especies ornamentales. Sin embargo, algo de él sobrevivía. No en la vegetación. Sino en las criaturas que todavía la recorren.

Arteaga-Chávez registró 26 especies de aves en el campus universitario, entre residentes y migratorias. Algunas llegan desde miles de kilómetros de distancia; otras han convertido estos jardines en su hogar permanente. El campus funciona como refugio para ambas.

Los mirlos caminando entre los estudiantes.

Los quilicos vigilando desde los techos.

Las tórtolas ocupando las plazas.

Los colibríes buscando flores dispersas entre especies introducidas.

Todos parecen fragmentos de una historia anterior a la universidad.

Una historia que todavía respira.

Cada tarde que me dedique a ver y a pausar mi vida por la naturaleza terminaba igual. Los edificios a lo lejos comenzaban a encender sus luces y los jardines se vaciaban lentamente. Los estudiantes regresaban a sus casas. Los profesores cerraban oficinas. El ruido disminuía.

Pero los pájaros seguían ahí.

La memoria natural de la Universidad Central es una resistencia silenciosa.

Los últimos sobrevivientes de un paisaje desaparecido siguen recorriendo los caminos todos los días, observando cómo pasan las generaciones.

Y quizá dentro de cincuenta años, cuando nadie recuerde nuestros nombres ni nuestras conversaciones, un mirlo seguirá caminando entre los jardines de la Central.

Como si nunca hubiera pasado el tiempo.

Referencia

Arteaga-Chávez, W. A. (2017). Diversidad de aves del campus universitario de la Universidad Central del Ecuador, Quito, Ecuador. Siembra, 4(1), 172–182.

Área verde de Ingeniería Civil, un Mirlo Andino

Edificio de la FACSO. Ejemplar de quilico, son un ave rapaz pequeña, un poco más grandes que una barra de chocolate.

Andrea Gisell Flores Calle

Facultad de Comunicación Social

Universidad Central del Ecuador

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